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domingo, 3 de febrero de 2008

Hedda Gabler


HEDDA GABLER
Triángulo de destrucción

Por Alejandro Cabranes Rubio

Un año después del clamoroso éxito de Un enemigo del pueblo, otra obra de Ibsen llega a la cartelera. La Hedda Gabler que nos brinda Ernesto Caballero parte de una situación más intimista que la retratada por Gerardo Vera: la historia de una mujer, Hedda (Ana Caleya), casada con Jorge Tesman (Josep Albert), que al no poder disfrutar de la compañía de un novio del pasado (Eilert Lovbrog: José Luis Alcobendas) provoca una tragedia; ya que no soporta que éste haya encontrado una musa en la Señora Elvsted (Inma Nieto), una mujer que abandonó a su marido como la Nora de Casa de muñecas para poder vivir su vida de manera digna. Como en Morir pensando matar –uno de los anteriores montajes de Caballero- la tragedia de una sociedad se masca en el aire: en Hedda Gabler se respira también el aire de los tiempos bárbaros en los que Zorrila ubicaba la acción, pero lo hace bajo el paraguas de la modernidad. Allá donde Morir pensando matar ofrecía un discurso sobre el choque de civilizaciones abocadas a su destrucción –en parte por la inutilidad de las venganzas personales-, Hedda Gabler muestra otra civilización con tendencia a su aniquilación –ejemplificada en un retrato femenino certero-; pero en esta ocasión dicha civilización tiene la oportunidad de verse a si misma a través de sus propios espejos.

La puesta en escena de Caballero en ese sentido potencia –aprovechando la mampara con la que se limita el espacio escénico que representa la casa de Jorge- un discurso sobre el poder de la mirada, y la capacidad innata de los hombres de contemplar la imagen que proyectan de sí mismos ante los demás. Cuando Jorge estrena féliz su casa, la imagen de Hedda en el espejo produce una sensación de inquietud, advirtiendo al espectador que esa conformidad tiene un reverso perturbador. Cuando al final de la obra esos augurios se cobran una víctima mortal –inocente del todo-, el resto de personajes contemplan desde el otro de la mampara ese horror mientras planean rendir homenaje al fallecido –reconstruyendo su legado vital-, o quieren aprovecharse del conocimiento de la verdad para disfrutar de ciertas ventajas, como el Juez Brack (David Lorente), quien recoge el testigo del Krogstad de Casa de muñecas.


Hay más ideas correlativas de puesta en escena que ayudan a perfilar el discurso. La luz blanca que baña de alegría la casa de Jorge al inicio de la obra contrasta con la amarillenta que alumbra a Hedda en pleno proceso de aniquilación de cuanto la rodea. La disposición triangular –nada rara en Caballero: también estaba presente en el momento culminante de Morir pensando matar- con la que quedan relacionados todos los personajes en una en teoría apacible merienda se retoma cuando la festividad haya desaparecido por culpa de un suicidio inducido. Esos elementos escénicos contribuyen sobremanera a ir perfilando las características de los personajes: el Juez sale varias veces del escenario y desde el patio de butacas conspira para lograr sus fines; Hedda permanece sentada en su casa mientras se entera que su marido y Lovbrog pueden competir para conseguir una cátedra, convirtiéndola a ella a una Lady Marian a la espera de que la competición termine para besar a su propio Robin Hood… Los angustiosos intermedios de la obra, y la relación directa entre la música de violín - que tal vez convenga rebajar en sucesivas funciones para no superponerse al parlamento de los actores- y la muerte impregnan al espectador de un estado de ánimo que hacen de Hedda Gabler una pieza perturbadora, inquietante, beneficiada directamente del talento de sus intérpretes. José Luis Alcobendas vuelve a bordar otro personaje desesperado, que lucha contra sus fracasos interiores. Rosa Savioni (la deliciosa señora de los calditos de Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal) vuelve a imprimir dulzura a una obra que la necesita. David Lorente –como en su montaje Desnudas- sabe retratar la mezquindad y egoísmo de las personas. Ana Caleya acierta a hacer de Hedda un ser distante y a la vez cercano: algo que sólo actrices como Isabelle Huppert podrían lograr. Inma Nieto proyecta en su composición la alegría de vivir. No puedo hablar con la misma objetividad de Josep por muchas razones, no sólo lo maravillosamente que me ha tratado siempre desde que nos conocimos hace año y medio, sino porque sólo había realizado cuatro ensayos: de momento quedarnos con la energía que transmite a Jorge, el reverso de su anterior (y memorable) Trigorín de En torno a la gaviota: su presencia escénica y maravillosa voz vuelven a ser sus herramientas de trabajo fundamentales. Que una obra tan pequeñita y tan rigurosa no haya conquistado plazas como la sala pequeña del María Guerrero, Teatro Español o el Valle Inclán me produce cierta tristeza porque merece una difusión que en cambio si disfrutan otras propuestas menos rigurosas. ¿O es qué acaso no se puede repetir el éxito de Un enemigo del pueblo?

domingo, 25 de noviembre de 2007

Morir pensando matar


MORIR PENSANDO MATAR
Tiempos bárbaros
POR ALEJANDRO CABRANES RUBIO

Una de las costumbres que se practica cuando se escribe sobre teatro radica en destacar el carácter universal de los clásicos para así justificar su representación. Más si uno no gusta emplear esta clase de varemos para analizar una función, no le queda más remedio que admitir que Morir pensando matar –el texto de Francisco Rojas Zorrilla dirigido por Ernesto Caballero- es uno de esos montajes que sorprenden por su actualidad. Para ello no sólo no resulta necesario subrayar los elementos contemporáneos de la pieza, sino que además hace de su escenografía clásica su mejor arma expresiva. De esta manera Ernesto Caballero nos sirve la historia de una venganza, la de la Reina Rosimunda (Lidia Palazuelos), hija del Rey de los Gépidos, y que no sólo se ve obligada a casarse con el asesino de su padre (Albolino, el rey de los Longobardos: Francisco José Gallego) sino a beber en el cráneo de su progenitor. Rosimunda para ello se valdrá de Leoncio, el Duque de Verona (José Luis Mosquera), enfrentándose a Flabio, Duque de Lorena (Javier Mejía) y la Infanta Albisinda (Zulima Memba).

Con tal premisa argumental, Morir pensando matar nos habla del choque entre civilizaciones, la inutilidad de la venganza, la tiranía con la que unos vencedores humillan a los vencidos; de cómo la violencia sólo se sacia vertiendo más sangre. Si uno se traslada mentalmente a las Torres Gemelas, Afganistán, Irak o los ferrocarriles madrileños sin duda convendrá que este montaje es de los más aterradores de lo que llevamos visto este año en la medida de que, cuatro siglos después de la redacción de la pieza, sigue revistiendo una vigencia insospechada. El texto de Zorrilla, que dramáticamente no tiene nada que envidiar a las tragedias de Shakespeare, opera pues de metáfora y reafirma la capacidad del teatro para hacer pensar.

Ahora bien, si el discurso de Morir pensando matar cobra mucha fuerza ello se debe a la espléndida dirección de Ernesto Caballero, quien compone imágenes muy sugerentes. Algunas -como la que muestra al pueblo Longobarde dando la espalda a Rosimunda- a pesar de su simplicidad logran expresar el conflicto irreconciliable entre pueblos distintos y su profundo rencor. Como también ocurre al inicio de la función cuando regresa Alboino, momento en el que el escenario se divide en dos (no literalmente): mientras los soldados saludan a sus seres queridos, en el trono Alboino y Rosimunda permanecen ajenos a todo pues la integración de la reina con los súbditos y esas tierras es nula. Ese “choque” visual generará la irrupción de la sangre… Caballero, en ese sentido, anuncia la llegada de la muerte y la tragedia con las apariciones de una mujer con un gorro de una serpiente; y que tienen lugar en los momentos claves: el regreso de Flabio (consciente de que la batalla con los Gépidos no ha terminado con el fallecimiento del rey); la maldición de Rosimunda jurando venganza sosteniendo el cráneo de su padre mientras “la serpiente” atraca a Albiono; el asesinato de éste último; o cuando –sabiéndose derrotado- Leoncio es consciente de que acaba de beber veneno; por poner sólo unos ejemplos… De ahí que los preparativos al asesinato adopten escenográficamente una composición geométrica de tipo triangular, cuyos vértices no son otros que Rosimunda, el rey y la espada de éste; símbolo de lo criminal, un triángulo que relaciona víctima y verdugo con el acero mortal. La tenue luz que sólo enfoca al Rey mientras el resto del escenario permanece a oscuras sugiere su indefensión, sus temores, consciente de la conjura organizada por su mujer… ¿Es casualidad, entonces, que también sólo queden iluminados sobre las tablas los traidores, subrayando así su carácter conspirativo; y que tal escena culmine con el rostro de Rosimunda dándose la vuelta hacia el Duque de Verona, tras obtener de Leoncio la promesa de asesinato que tanto anhela?

El crimen lleva aparejado la escisión. Y así lo subraya Caballero tanto cuando aparta a Flabio de los asesinos, al interponer entre ellos a dos súbitos, Otón (Rubén Nagore) y un Capitán (Jorge Mayor); cómo cuando Flabio se desvincula de los planes de Rosimunda derrumbando la semicircunferencia (compuesta por un coro que porta entre sus brazos unas tablillas) de odio que ésta había sembrado a su alrededor… El movimiento escénico, el provecho dramático del sonido y la iluminación, en Morir pensando matar no acompañan a las acciones representadas, sino que las matiza, otorgándoles significación.

A ello contribuyen los actores. Lidia Palazuelos logra expresar el dolor de la humillación y también el odio destructor: la duda, la condena mortal, la lucidez y el rencor quedan grabados en su rostro. Javier Mejía imprime caballerosidad a su personaje, capaz de sentir compasión hacia la derrotada al inicio de la función, y de vengar a su rey después. José Luis Mosquera retrata corporalmente la cobardía y abyección de Leoncio. Zulima Memba confiere inteligencia a la infanta. Francisco José Gallego, el temor de quien se sabe en peligro. A su lado permanecen Juan Antonio Olivares, Rubén Nagore, Jorge Mayor, Diana Bernedo, Ruth Argente y el coro, redondeando los resultados. Sólo un pequeño apunte impide que Morir pensando matar sea un montaje perfecto del todo: un extraño prólogo que, si bien da parte del combate entre los dos pueblos, no queda bien integrado con el resto de la eficacia. Minucias que no empañan los cuantiosos méritos de una producción que da la razón a quien sostiene que los clásicos se caracterizan, precisamente, por su modernidad

viernes, 23 de noviembre de 2007

Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal


LAS VISITAS DEBERÍAN ESTAR PROHIBIDAS POR EL CÓDIGO PENAL
Niños noruegos de Albacete a la espera de nacer en una corrida de toros
Por Alejandro Cabranes Rubio

Lo mejor es no hablar de nada. Así es cómo Miguel Mihura hubiera llamado a Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal, compuesta de personajes a la espera de conocer a un autor que asegura no tardará en salir a su encuentro…una vez que nazca. Protagonizada por criaturas que sólo pueden pasar el tiempo actuando sobre una tabla colocada en el centro del escenario de la pieza escrita por el autor, Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal propone un discurso metateatral sobre la incapacidad del arte de llegar a algún lugar concreto, que deja desprotegidos y sin vida a seres obligados a escenificarse así mismos. La dirección de Ernesto Caballero incide en ese sentido con abundantes sugerencias escenográficas: todo el reparto se niega a colocarse sobre el escenario en ángulo recto, formando composiciones esféricas, envolventes, que se hacen y deshacen al antojo del propio escrito. Y de esta manera se van agrupando, adelantándose hacia el epicentro del teatro para hablar de sus ¿historias?; para arrejuntarse como si fuesen unas masas que esperan seguir las directrices de un líder político; y para salir de la propia escena para atender la llamada de su creador ajeno a su propio limbo particular, donde, como bien recuerda uno de los personajes, no tienen mucho futuro… Ese caos y nihilismo escénico arropa a los demás elementos visuales, surgidos de la nada como el tren de miniatura que atraviesa el espacio de punta a punta; los focos que de repente emiten luces parpadeantes que evocan al ajetreo del metro madrileño; las llamas de un incendio que se apaga sólo y del que sería una falta de educación escapar si se considera que hay más gente en el edificio que no se va a salvar…

Esa destrucción, o mejor dicho reconstrucción, manifiesta en su argumento y escenografía certifica la incapacidad del arte para hablar del género humano. Un oficio practicado por gente que escribe obras pobladas por personajes que actúan mecánicamente, y que crean dramas donde no los hay. Piezas teatrales sobre individuos que con su voz emiten gorgoritos de ópera para llamar la atención. Y qué encima son juzgados por don nadies que lanzan impertinentes preguntas que no conducen a ningún lado.

En estas circunstancias no cuesta establecer paralelismos entre Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal y el Ernst Lubitsch de El pecado de Clunny Brown, donde sus protagonistas se limitan a pasear y ser testigos de fragmentos grotescos de la existencia humana, en busca de su propia identidad; derrumbando cualquier orden convencional. De esta manera, la obra se alimenta de digresiones de ladrones que roban con el permiso de los mayordomos de la casa, falsas monjas que antaño fueron vacas gallegas, envenenadores, novias plantadas en el altar que siguen vistiendo su traje blanco… Y se les coge el mismo cariño que a unas bragas rotas usadas… Quizás al intento se le podía restar alguna situación demasiado prolongada, pero tiene tanta gracia, virulencia su tratado sobre la ineptitud de las personas que sólo aspiran a materializarse en cuerpos con decisión propia, que hacen del espectáculo una experiencia tan difícil de digerir como la crianza de niños noruegos nacidos en Albacete… Su habilidad escénica permite recrear parajes imaginarios sólo existente en la cabeza de los personajes (cf. conversaciones que tienen lugar en salones donde se lee el Abc…) y los actores, todos impresionantes, le dan vida encabezados por un Pepe Viyuela que confirma su versatilidad, y en el que brillan con luz propia David Lorente, Nathalie Seseña y Rosa Savioni. Todos ellos dispuestos a hacernos disfrutar de este veneno sin grumitos, este manjar a la espera de su propio nacimiento.