lunes, 10 de diciembre de 2007

Fiesta de la democracia

FIESTA DE LA DEMOCRACIA
Por Alejandro Cabranes Rubio

Jueves seis de diciembre. Una fecha significativa. El puente de la constitución. El Palacio de los Congresos no ofrece una jornada de puertas abiertas. No tenemos la oportunidad de estar en el hemiciclo. Ni tampoco de ver los retratos de tantos ilustres parlamentarios –y otros de recuerdo más infausto-. Privados de esa oportunidad, en “esas fechas tan señaladas”, nos disponemos a pensar en el pasado. En nuestra concordia. En el fin de una época en la que el pensar de manera distinta acarreaba como mínimo una estancia pagada en una celda. Evocamos la reconciliación nacional, el regreso de la gente que se marchó, las primeras elecciones libres... El país ya no amenazaría despertándose con los disparos de un fusilado más. Las comunidades ganaban competencias. Las mujeres eran consideradas adultas. Los grises se largaban de las aulas. Los periódicos publicaban los artículos que les viniese en gana. Las leyes fundamentales acabarían en el cubo de la basura. Tres hurras por la fiesta de la democracia.

Treinta años después aquí estamos. Encantados por evitar el derramamiento de sangre. Triunfantes todos porque ningún bando impuso al otro su punto de vista, y creamos un proyecto común. Y sin embargo… Seguimos siendo menores de edades, necesitados desde entonces de un tutelaje que nos marcase “el camino recto”. Disfrutamos de un paternalismo que apenas nos permite comprender nuestra historia. Tal vez no se hubiera maniatado a los militares y a la extrema derecha si las cosas se hubiesen hecho de otra manera. Más por ello resulta desagradable señalar que la transición política, ese movimiento en virtud del cual pudimos construir un sistema político democrático, no fue un proceso democrático. Invocando nuestra voluntad y la de la gente de la calle, unas instituciones se comportaron como si nos hiciesen un favor cuando en realidad luchaban contra un tiempo que los expulsaría de un poder que hubiesen disfrutado brevemente (una cosa es que se hicieran las cosas correctas, y otra bien distinta los motivos de primer orden por los cuales se actuaba en consecuencia), su desaparición en el tiempo y en el espacio. Las cortes franquistas, convencidas ni más ni menos por López Bravo (el mismo que había acusado al Papa de “Mal querer a España”), aprobaron La ley para la reforma derogando un sistema bajo el cual ya no podían ampararse. La perspectiva del ingreso en la CEE –y que tantas apetencias económicas supusieron a unos, y para otros la garantía de permanencia de derechos- y el temor a la reedición de los Claveles condicionaron la determinación vertical de crear un país libre a costa de sacrificar peones impuestos desde las altas esferas, y de que perdurase la idea de “un padre de todos los españoles”. Cuatro hurras por la fiesta de la democracia.

Pasado, pasado. Vivimos en paz y eso es lo que importa. Por tanto ya que esas instancias paternalistas han señalado nuestra mayoría de edad, es hora de cursar esas asignaturas pendientes. Ya no hablamos ni siquiera de la posibilidad de que determinados debates sobre forma de estado (federalismo, republicanismo) ya no sean recibidos como signos de radicalidad. Nos conformamos con la implantación de comportamientos cívicos. Por parte de todos, desde los que acusan de desenterrar el pasado a aquellos que todavía no han podido poner tranquilamente una lápida individual a sus muertos –y que de paso demuestran que tienen cosas que esconder- a determinados cronistas que no sólo excusan conductas inadecuadas, sino que las ensalzan. “¿Por qué no te callas?” no es una orden digna de aplauso en ningún contexto. Ni siquiera entre aquellos que, o bien se comen el turno de palabra de otros en ciertos debates políticos (especialidad de Miguel Ángel Rodríguez), o bien apelan al sentimentalismo más rancio (“me siento profundamente orgullosa”, “me siento profundamente avergonzada”) para atacar a determinados regímenes antidemocráticos (Fidel Castro), sin que se les caiga los anillos ante las prácticas –como la pena de muerte- de los que consideran “aliados ideales”, como cierto presidente que disfruta chamuscando condenados en la silla eléctrica. El día seis de diciembre no podemos festejar la pluralidad de la información –en la que todos aplauden la defensa de “un orgullo herido” ante la mala actuación de un presidente de gobierno de otro país que nadie en su sano juicio debería considerar un líder de la izquierda, sino un personaje populista que regenta un estado de prebendas y no de derecho- ni el respeto a la opinión contraria bien argumentada. Cinco hurras por la fiesta de la democracia.

Por mucho que protestemos ante aquellos que reclaman relaciones con Estados Unidos en las que se actualiza el espíritu de los acuerdos de bases del 53, y que se horrorizan cuando otros pactan con gente de la peor calaña (patente reservada para ellos mismos: Bush, se mire por donde se mire, también es una persona responsable de un buen número de muertes y tampoco merece nuestro aprecio personal como Chávez); tienen razón en un punto. Las relaciones internacionales –desde que se pueden considerar tales- siempre han obedecido a una serie de razones geoestratégicas que pesan más que la pureza de ciertos principios; algo que quedó muy claro cuando Felipe González firmó –en pro de la inclusión de España en la UE- con Alemania a pesar de que este país fabricaba misiles de corto alcance, actividad sobre la que arremetía el propio programa electoral del PSOE en aquel entonces… Y estos motivos pragmáticos nos hacen desaprobar guerras jurídicamente ilegales, y permanecer en la retaguardia –por compromisos adquiridos que revierten a su vez en acuerdos de todo tipo: económicos fundamentalmente- en otras igualmente espantosas e inútiles. Treinta años después de La Ley para la reforma, la España posfranquista ya no conserva su pureza: adopta líneas de actuación en absoluto idealistas, y por tanto muy alejadas de las exigencias que se le demandó en su día al nuevo estado de derecho. Seis hurras por la fiesta de la democracia.

Lo peor de todo es cuando queremos actuar en beneficio de nuestra convivencia, unos y otros acaben desempolvando hipocresías (¿hace falta recordar el revuelo de la ley del matrimonio homosexual, una ley importante no por afectar a mucha gente sino cualitativamente al homologar en derechos a más ciudadanos?), sembrar el pánico ante la inminencia de una España-rota por culpa de un gobierno que pacta con terroristas (otra actividad reservada para un solo grupo político); o divulgar alegremente triunfos no materializados, demostrando una notoria falta de cálculo. Todo ello con el colofón de fondo de las actividades de un puñado de gángsters que con sangre fría matan a hombres desarmados, que ni siquiera contaban con veinticinco años de edad. Treinta años y no sabemos cómo actuar en materia terrorista. Ni siquiera en mantener unidad de criterios, en parte por la apropiación indebida de causas del partido principal de la oposición. Siete hurras por la fiesta de la democracia.

Esperemos que cuando sean juzgados esa panda de asesinos, la actuación del Poder Judicial destaque por su profesionalidad y no por el enésimo incidente que saque a la luz las divisiones internas de su Consejo principal; capaz de traspasar las divisiones de poderes postuladas por la constitución sólo para evidenciar su instrumentalización política. Treinta años después y seguimos sin disfrutar de mínimos de independencia sobre cuestiones cuyo curso de debate no corre parejo a la alternancia en el poder. Ocho hurras por la fiesta de la democracia.

En fin. Tenemos un país que va a la cola en educación en relación a Europa; en el que el mundo de la comisión y el favor personal no sólo se cobra entre sus víctimas edificios importantes en el patrimonio histórico cultural –como el Albeniz y la Casa Vicente Aleixandre- sino también el derecho a la vivienda de unos jóvenes a su vez sobrecualificados y subcualificados en cuestiones laborales; con pérdidas constantes de conciencia histórica. Sólo se explica que en él la ciudadanía protagonice incidentes tan vergonzosos como el que tuvo lugar en un cine en el que proyectaban Las 13 rosas, una película sobre unas mujeres fusiladas en el franquismo; o que permita que un ex ministro de Franco que inició su andadura en la democracia con responsabilidades muy directas en los sucesos de Vitoria no sólo se le considere uno de "los padres de la constitución" (muy a su pesar era partidario inicialmente de la revisión de Las leyes fundamentales), sino que haya sido una pieza capital del sistema político por más de tres décadas. Un estado en el que no se celebran debates en cuestiones que atañen a la literatura y al cine; en el que la publicidad campa a sus anchas y nos ofrece nuestra imagen victoriosa. Nueve hurras por la fiesta de la democracia.

…Y sin embargo, echando la vista atrás es cierto que estamos mucho mejor que antes. Vivimos en paz y podemos aprobar en el senado La Ley de la Memoria Histórica. Una situación a la que ha contribuido –entre otros- la gente que pagó con su vida la defensa de los derechos laborales, y a los que hoy debemos estar eternamente agradecidos por su ejemplo. Por regalarlos su espíritu. El de un país libre. Con constitución, sindicatos y partidos políticos. Con profesores que crearon modelos educacionales espléndidos, y que muchos teóricos y altos cargos no supieron apreciar. Por aquellos que de corazón nos enseñaron a cambiar. Diez hurras por ellos.

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