domingo, 9 de diciembre de 2007

Agenda oculta

Frances McDormand en Agenda oculta

AGENDA OCULTA
¿Podemos confiar en la democracia?

Por Alejandro Cabranes Rubio

Han pasado ya muchos años desde que películas como Z o Desaparecido pusiesen de moda el cine de denuncia; un género en el que a veces sus responsables se han excedido no en intenciones críticas, pero sí en subrayados verbales y visuales que invalidaban sus propuestas. Por tales motivos afrontar el comentario negativo de alguna de esas muestras es una tarea engorrosa en muchos casos: hablar mal de una película cuyas intenciones gocen de nuestra simpatía siempre resulta desagradable. Pero a veces se olvida con demasiada frecuencia que frente a títulos no afortunados, en los últimos años se han rodado filmes realmente magníficos que se inscriben en la tendencia y la ennoblecen: Memories of Murder, El secreto de Vera Drake, Omagh, Bloody Sunday, La cicatriz, Las hermanas de la Magdalena son algunos de ellos.

Kean Loach se ha convertido en algo así como el padre espiritual de ese cine social, una vez que Stephen Frears haya dimitido de él (sin prejuicio de que Mrs. Henderson presenta y The Queen figuren entre lo mejor de su filmografía), y de ahí que urja hablar de él en términos cinematográficos y no exclusivamente ideológicos, empezando por Agenda oculta, no sólo su mejor película sino también uno de los títulos europeos más notables de principios de los noventa. Entonces la caída del muro de Berlín abrigaba la sensación de conformidad en las relaciones internacionales. Las revoluciones de terciopelo entusiasmaron tanto a la oleada neoconservadora que incluso uno de sus miembros más conocidos, Francis Fukuyama, escribió un libro titulado El fin de la historia, revelando su nepotismo. Y, ahora crecidos, John Williamson ponía remedio a “la década perdida” asentando las bases del neoliberalismo en su Decálogo de Washington. Que en medio de tales celebraciones, Ken Loach cuestionase la base del poder en Agenda oculta no significó algo excepcional en la medida de que su película es característica de la década y guarda más de un punto de contacto con algunas de otras latitudes.

Frances McDormand y Brian Cox


Mientras Loach fraguaba Agenda oculta, Sidney Lumet trazaba un poderoso, vibrante y enérgico retrato de la sociedad neoyorkina en Distrito 34: corrupción total, donde se explora sin exotismos que valgan las relaciones entre las más variadas tribus urbanas y razas. Y si bien el conflicto de Irlanda del Norte y la conspiración conservadora de los setenta parece alejada de estas realidades, tanto Agenda oculta como Distrito 34: corrupción total no sólo comparten un esquema narrativo, sino que llegan a conclusiones bien parecidas. Ambas parten de un asesinato cuya investigación lleva a los rastros de una clase política que quiere tapar un pasado y así gobernar; y que se sale con la suya aprovechando las debilidades, como diría Grahame Greene, del “factor humano”. Coyunturas y sociedades en apariencia distintas. Un thriller político de Loach y el policiaco más característico de Lumet. A pesar de todo lo que les separa, los dos contemplan el actual panorama político con una falta de complacencia que deja indignado al espectador en la sala. En Agenda oculta y Distrito 34: corrupción total los poderosos sobreviven a costa de la aniquilación de sus esbirros; un poco como ocurre en el muy inspirado Claude Chabrol de Borrachera de poder (2006).

Tanto la una como la otra se benefician sobre todo de un estudio de personajes que evitan caer en demagogias y simplificaciones. Cierto: Agenda oculta denuncia las maniobras con las que los miembros del partido de Edward Heath se deshicieron de su primer ministro –incapaz de afrontar la crisis de 1973 y que había cedido ante la huelga minera- para buscar un nuevo lider conservador fuerte; las mentiras con las que acusaron al primer ministro laborista Harold Wilson de ser miembro de la KGB; los intereses de la CIA por alejar del poder a los laboristas del poder en Gran Bretaña; las atrocidades que se cometieron después; y la política irlandesa del gobierno de Londres….; y sin embargo dista mucho de ser un mero panfleto. A ello contribuye sobre todo el humanista perfil del detective Kerrigan (un gran Brian Cox); un investigador íntegro que intenta esclarecer las zonas oscuras del asesinato del prestigioso abogado Paul Sullivan (fugaz Brad Dourif), provocado por la apoderación de pruebas irrefutables contra los intocables. A pesar de que Kerrigan tiene un gran deseo de conservar su honestidad y recibe amenazas tanto del IRA como de Londres, al final se ve obligado a pasar por el aro al ser objeto de chantaje que pueden significar tanto el fin de su matrimonio como de su carrera. La novia de Paul, Ingrid (la siempre magnífica Frances McDormand), una luchadora nata que estuvo en Chile, y que a pesar de su integridad y compromiso, se niega a ser utilizada por nadie y menos aceptar las acciones del IRA por mucho que desaprueba la acción de Thatcher en Irlanda. El Capitán Harris (Maurice Roeves) pese a haber formado parte del servicio secreto británico se horroriza del comportamiento del mismo y quiere denunciarlo; por lo que se ve obligado a pedir la protección del IRA –grupo que detesta- en virtud a un trato. Incluso el despótico sargento expeditivo y celoso de la llegada de Kerrigan hasta el punto de que quiere socavar su independencia para mediatizar el contenido de su informe; asoma su lado más humano hablando de los muertos que el IRA ha dejado a su alrededor.

Beneficiado del eficaz guión de Jim Allen, Loach sabe imprimir nervio a lo que está contando; transmitiendo la sensación de que los personajes son constantemente vigilados en sus movimientos con una garra que –por fortuna- nada tiene que ver con las lecciones aplicadas por Florian Henckle von Donnersmarck en La vida de los otros (2006), ejemplo de cine que basa toda su fuerza en personajes simbólicos y las sensaciones puestas en juego para alcanzar cierta notoriedad. El arranque es excelente: un desfile británico en territorio irlandés. Paul Sullivan e Ingrid hablan con antiguos presos torturados en las cárceles. Rompiendo la filmación tradicional, Loach abandona la habituación e inserta un plano de los militares cuyas figuras evocan a la de los verdugos, en los que están pensando en ese momento. Y vuelve a continuación con Paul Sullivan, quien observa desde su ventana a Harris, con quien intercambia material en la calle mientras huye… Su posterior cita cerca de un cementerio transmite una lograda sensación de amenaza. Una vez consumado el crimen, un plano general muestra a Ingrid saliendo del depósito de cadáveres: instantes después sabremos que, efectivamente, está siendo fotografiada. Y ahondando en la idea de vigilancia, la cita de Kerrigan e Ingrid con Harris en un pub del IRA posee ese aire de clandestinidad necesario: de hecho tanto el travelling tomado desde una prudente distancia –y que da parte de su viaje hasta el lugar- como el plano frontal que los muestra entrando por la puerta central indican qué son espiados. Por último el encuentro de Harris con Ingrid en las calles de Dublín gracias al pulso de Loach está filmado poniendo de relieve la sensación de peligro: con un solo plano de una ambulancia pasando al lado de Ingrid sabemos a ciencia cierta qué ha ocurrido con Harris mientras la propia Ingrid se pone a salvo.

La puesta en escena de Loach se basa en las oposiciones, en los contrastes: no sólo en el plano allí aludido, sino incluso en un efectivo sentido del montaje. Pienso por ejemplo en el momento en el que Kerrigan interroga y caza al brazo armado de los conspiradores…mientras uno de los principales testigos (Teresa: Michelle Fairley) es detenida sin ni siquiera dejar su hija a alguien para que la cuide… En idéntico sentido opera el montaje que relaciona el deseo de Ingrid de que se forme una comisión internacional para investigar la muerte de Paul con la llegada en avión de Kerrington…


Frances McDormand y Brad Dourif
Esa idea de oposición se traduce en un empleo del plano-contra-plano que no tiene nada de mecánico, y si por algo se distingue es por su capacidad para ensalzar las tensas relaciones entre los personajes como la que se establece entre Kerrington y el sargento; Kerrington y los políticos conservadores (de hecho la planificación de la escena en la que acude a la casa de sus enemigos recuerda notablemente a la del asesinato de Sullivan, de tal manera que Loach sugiere que ese crimen pesa mucho en el estado anímico con el que se dirige a la reunión)… Hay dos momentos particularmente sofisticados. En el primero Kerrington alude al principal conspirador mientras esta fuera de plano, afianzado aún más la idea de que permanece a la sombra de los acontecimientos… En el segundo, Ingrid ha dejado de confiar en Kerrington y le oculta que ya está en sus manos las pruebas contra el Partido Conservador; instante en el que la cámara se sitúa a la espalda de la protagonista.

Agenda oculta se distingue por saber mirar de frente a las situaciones que se recrean y hacerlo de manera directa, sin caer en la rutina. La fuerza de algunos detalles –cf. la elipsis que nos ahorra el momento en el que la policía comunica a Ingrid la muerte de Paul; la tensa situación en la que Kerrington se encuentra una bala depositada en su coche-, yg su estilo seco redunda mucho en la efectividad del conjunto. Ahora que todavía se siguen apoyando gobiernos por intereses geoestratégicos/económicos como lo fueron en su momento el encabezado por Husein en Irak o el de los talibanes en Afganistán, y que sale a la luz sin escándalos conspiraciones contra gobiernos como el del PSOE que habían cometido sus gravísimos errores; Agenda oculta sigue poseyendo cierta vigencia y el vigor de sus imágenes –a pesar del redundante plano al ralentí del final- todavía la conservan como uno de los mejores exponentes como hacer denuncia política, de manera militante y muy cinematográfica.

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