viernes, 28 de diciembre de 2007

La larga cena de navidad

LA LARGA CENA DE NAVIDAD
La vida según Pastor
Por Alejandro Cabranes Rubio

La larga cena de navidad, pieza de Thornton Wilder (autor conocido por muchos sobre todo gracias al destrozo que llevo a cabo Barbra Streisand y Gene Kelly de una de sus obras: Hello Dolly), lleva representándose en la Sala Guindalera navidad tras navidad… El tiempo parece haber quedado suspendido, y sin embargo pocos directores en la escena madrileña han indagado más sobre el paso de los años que Juan Pastor. Con la salvedad de su montaje sobre Odio a Hamlet –donde fue fiel así mismo en otro formato-, todos los trabajos exhibidos en 2007 manifiestan cómo el tiempo repercute sobre las personas, más moralmente que físicamente; que también como certifica En torno a la gaviota, su excepcional aproximación de Chéjov en la que retrataba a unos personajes malheridos por la arbitrariedad de los hombres, verdugos de vidas ajenas y víctimas de las suyas propias. No sorprende por tanto que los protagonistas de su último trabajo, El juego de Yalta, lleguen a dudar de la autenticidad de sus experiencias idílicas –pensando en ellas como si fuesen productos de la imaginación-, pagando un precio moral a cambio de unos momentos de felicidad. De todas esas indagaciones sobre las repercusiones emocionales del paso del tiempo la que contiene los apuntes más sustanciosos al respecto es Traición (Harold Pinter), articulada en sucesivos flash back que vienen a corroborar que la única manera de recuperar la inocencia perdida es viajar literalmente a los orígenes de los problemas…

Precisamente Juan Pastor al reestrenar La larga cena de navidad en el fondo se propone dos cosas: a) regresar a los orígenes de la trayectoria vital de Guindalera antes de la introducción de un nuevo director en la sala (Peter Book estrenará allí Munich Atenas), cerrando inconscientemente un círculo perfecto; b) efectuar en esa despedida (paréntesis) un perfecto compendio de todo lo expuesto por él. En ese sentido llama la atención que la pieza escogida reproduzca toda una trayectoria vital y resuma la existencia de una familia, un poco como haría muchos años después el escritor John Irving en El mundo según Garp. En ella el autor de Oración por Owen describía a todos los seres humanos como “casos perdidos” abocados a una muerte inevitable –asumida con naturalidad- tras una vida plagada de pequeñas alegrías y sufrimientos que afloran sus profundas contradicciones.

El peso del recuerdo de la gente que nos dejó hace tiempo en La larga cena de navidad sólo acentúa sus propias derrotas vitales: los desencuentros generacionales que imposibilitan el perdón y cualquier vínculo; sociedades opresoras que impiden el desarrollo de la propia personalidad; la consecución de compromisos discutibles que desembocan en tragedias evitables; la pérdida del compromiso afectivo que vincula tanto a parejas como a padres e hijos… Sólo los personajes que defienden su dignidad (el tema que más veces ha explorado Pastor) al escapar de esas múltiples cenas de navidad cada vez más tristes, como Leonor (Cristina Palomo) que acude al encuentro de su hija Lucía (Iria Márquez) recobrando su alma herida, son aquellos que no vemos morir en escena; si bien esa huida a veces se deba a ciertos fracasos emocionales.

En este punto es imposible dejar de evocar el maravilloso cuento -publicado en 1914- de James Joyce Dublineses, en el que un personaje descubre que en todo su matrimonio ha planeado el recuerdo de otro hombre muerto; y que cada vez es más consciente del fin de sus días, empezando por la próxima mortalidad de sus tías. La muerte tanto allí como en La larga cena de navidad no supone el cierre definitivo de una etapa (un poco a la manera de la película de Olivier Assayas Finales de agosto, principios de septiembre o del extraordinario filme de François Ozon Bajo la arena) sino un renglón seguido de una trayectoria en la que se alternan los óbitos con la llegada de nuevos familiares. Los sentimientos de incredulidad y de pérdida de identidad ante los cambios se heredan de generación en generación. La alegría que reportan los momentos fortuitos se suceden con la transmisión de legados antes de dejar este mundo, como el de Lucia (Ana Miranda), que aconseja a su hija Genoveva (María Pastor) apostar firmemente por su carrera musical.

Esta dualidad de sentimientos encontrados demanda una puesta en escena caracterizada por la organicidad; una representación en la que el fluir del tiempo transpire sin brusquedad gracias a su desnudez formal. La vida (la llegada de los bebés) queda íntimamente relacionada con un extremo de la sala, y la muerte con el otro, desde donde se escuchan unos villancicos que preludian cada despedida. Hay momentos en los cuales el adiós coincide con la indiferencia de algún personaje ajeno a todo, como el egoísta Tino (Raúl Fernández) que ni se inmuta ante determinadas pérdidas (contraste que, huelga decirlo, viene afianzado por la iluminación). Me parece particularmente memorables algunos parajes: la muerte del bebé enfermo de Leonor (simbolizado con el viaje de su cochecito de un extremo a otro de la tabla); el alistamiento del hijo de Tino, Samuel (Antonio Velasco), en la que la interrupción brusca del villancico insinúa qué su vida se truncará súbitamente (de nuevo no puedo evitar recordar otro precedente literario: Un hijo en el frente de Edith Wharton); la pelea entre el hermano de Samuel (Roberto: Andrés Rus) y su padre reforzada por la disposición de ambos en sendos extremos de una mesa; el alumbramiento del hogar a cargo de la nodriza (Teresa Valentín), quien apaga una vela (cuya luz se ampliará con el encendido consecutivo de los focos); ese delicado momento que demuestra la maestría de Pastor como director de actores en el que tanto Tino como una tía solterona (Elisa: Victoria del Vera) se sienten indispuestos… El director hace partícipe al público de determinados estadios anímicos de tal manera que cada desaparición va dejando un nudo en la garganta a los espectadores, a los que nunca manipula emocionalmente. La idea de un mundo en descomposición, tan chejoviana, se transmite sin estridencias. Y sin embargo conmueve, como cuando reúne a todas las figuras evocadas en las cenas navideñas tras una gasa donde entonan significativamente Swing Low, Sweet Chariot.

Unos intérpretes en estado de gracia contribuyen de nuevo sobremanera a que esas tragedias y comedias sean perfectamente reconocibles. Carmen Sánchez sabe sacar partido de su pequeña intervención para demostrar cómo se puede interpretar a personajes ancianos sin caer en la caricatura. Victoria dal Vera compone una tía solterona en una composición nada paródica, con sus pequeñas aficiones (las lecturas dramatizadas), inconsciente de su intromisión en el hogar. Cristina Paloma expresa el dolor de una madre masacrada por la pérdida temprana de dos de sus hijos, así como su lucha interna para cicatrizar sus heridas. Iria Márquez contagia la ilusión de participar en esa cena de navidad que supone su presentación en sociedad. Antonio Velasco representa la candidez de una juventud que perderá la inocencia de golpe gracias al impacto de las balas. Ana Miranda sabe explotar a fondo ese lado maternal tan característico suyo, regalándonos una composición conmovedora. Andrés Rus –que en Traición ya demostraba saber sacar petróleo de personajes sin propia personalidad- imprime la rebeldía, furia de una generación que se siente subyugada y juzgada por sus progenitores; sin que esa rabia le haga incurrir en ningún exceso. Raúl Fernández demuestra su versatilidad en su personaje para la compañía más odioso: encarna a esos pioneros que consiguieron fortuna con el sudor diario, y que no supieron entender la evolución de la sociedad en la que vivían. María Pastor de nuevo sabe modular la transformación de un personaje, que se siente cada vez más ajeno a sus raíces y a la que la vida ha terminado por decepcionarla. Alex Tormo, en un papel en las antípodas del bondadoso profesor de En torno a la gaviota –donde su forma de andar acentuaba la pesadumbre de un personaje que se sabía no querido- y del mezquino Robert de Traición (donde gradualmente “despojaba” de elementos a su composición), da vida al extrovertido Tío Lucas: resulta admirable cómo transmite sus ganas de disfrutar de unos puros; cómo recalca su ímpetu para hacer cariñitos a los recién nacidos.

De todas las prestaciones actorales hay dos particularmente significativas: Teresa Valentín y Juan Pastor, los miembros fundadores de Guindalera, abren la función. Si en En torno a la gaviota, Pastor completaba su propio montaje y comentaba los entreactos, aquí su participación directa sólo se puede entender como una muestra de su total implicación con la sala -su proyecto vital-; no sólo demostrando su valía como intérprete, sino su ímpetu para defender un teatro que hable sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás y con la sociedad; que trate de las cosas que más nos afectan sin traicionar sus esencias. Gracias a su sinceridad y su rigor, hoy por hoy, Guindalera ha dejado en muchos aspectos de ser “ese teatro minoritario”; sino una apuesta que cada vez resuena más en los medios. Por poseer una personalidad propia. Por no incurrir ni en el anquilosamiento expresivo ni en las bromas coyunturales de la posmodernidad. Por recuperar el sentido más noble del oficio, con un humor en absoluto frívolo. Porque en su gran –pequeño- teatro del mundo se encuentra la vida. Guindalera simboliza un poderoso rayo de esperanza en estos tiempos grises para la educación. Las obras escogidas afrontan directamente el paso del tiempo, las heridas y cicatrices que este nos reporta invariablemente; nuestra lucha para no quedar atrapados en él, en la corriente de la mediocridad. Navidad tras navidad, Guindalera nos hará sentir que ese tiempo avanza tenuemente en compañía de varios de los actores mejor preparados que uno pueda encontrarse (a esos nombres hay que sumar otros ausentes en este montaje: Ana Alonso, Josep Albert, Bruno Ciordia, Elia Muñoz y un largo etcétera). Han ocupado una plaza única en la capital. Han construido un hogar donde la cultura recupera su condición de tal. El manjar que hoy nos regalan es una muestra más. Y por ello La larga cena de navidad se reestrenará año tras año. Convocatoria tras convocatoria, nos reuniremos allí para recordar que otra clase de legado para las nuevas generaciones es posible. Ojalá por mucho tiempo podamos acudir a cada fiesta para así dar vida al panorama teatral, impidiendo su muerte.

No hay comentarios: