jueves, 13 de diciembre de 2007

En América

EN AMÉRICA
Tierra de esperanza
Por Alejandro Cabranes Rubio

Tres circunstancias merecen cierta atención en la última película de Jim Sheridan, En América (In America, 2003). La más llamativa de ellas reside en su carácter biográfico: la cinta es ante todo un homenaje a Frankie Sheridan, hermano del director fallecido a temprana edad. El realizador, con la colaboración de su familia en el guión, reproduce su propia vivencia al contar la historia de Johny y Sarah (Samantha Morton), recién emigrados a América con sus dos hijas pequeñas, Ariel y Chrissy. La superación de la tragedia se relaciona con la llegada al nuevo hogar, la amistad con un vecino, Mateo (Djimon Hounsuo), enfermo de sida, y el nacimiento de una nueva hija.

Todo hace pensar que En América puede aclararnos bastantes cosas sobre la personalidad de Jim Sheridan y así ocurre. Anteriores trabajos como En el nombre del padre (In the name of the father, 1993) o The Boxer (1997) y su guión de En el nombre del hijo (Some Mother´s Soon, Terry George, 1996) nos descubría a un realizador con cosas que contar, un poco a lo Ken Loach, y que basaba la organización de todo el metraje en función del mero impacto moral y sentimental de las sensaciones puestas en juego. Su propia gramática audiovisual aturdía, sí, pero a costa de enfatizar, y de ahí que las admirables intenciones iniciales se quedaban en nada: películas necesarias, nadie lo pone en duda, pero de caligrafía no precisamente cinematográfica.

La segunda circunstancia que envuelve la producción de En América incide notablemente en esa mezcla de cine personal -a nivel temático- e impersonalidad -fílmica-: la quinta película de Jim Sheridan como director pasará a la Historia -con mayúsculas- por ser una de las primeras que se rodaron en Nueva York tras los atentados contra las torres gemela. De ahí que se pueda establecer ciertas analogías entre la recuperación moral de la familia protagonista y la supervivencia -también moral- del conjunto de la ciudadanía.

Aquí es donde la tercera circunstancia cobra todo su sentido en tanto Jim Sheridan es un irlandés instalado en Estados Unidos, y no resulta extraño que haya aunado su particular homenaje a una ciudad que le acogió con su propia necesidad vital de enfrentarse con sus propias heridas personales. Y ese cóctel de indefinición temática con indefinición de procedencia -entre europea y norteamericana-, propicia motivos de reflexión. El 22 de diciembre de 2003, en una conferencia sobre cine y educación, celebrada en la Universidad Autónoma de Madrid, Fernando Savater recalcaba como el cine americano nos ha enseñado a ver películas con un lenguaje particular y perfectamente identificable en nuestro sistema cultural. Pues bien, las dobles intenciones de Sheridan se canalizan a través de un relato con una ortografía claramente norteamericana, muy diferente a la de su opera prima, Mi pie izquierdo (My left foot, 1989). La utilización de una canción de The Byrds durante el parto de Sarah y de montajes de efecto irónico no dejan lugar a dudas -cf. Sarah decide invitar a Mateo para cenar en navidad, Johny protesta y en la siguiente escena Mateo está sentado a la mesa-.

Ese proceder narrativo, tan estandarizado, no corresponde en particular con la singular óptica de Jim Sheridan: no beneficia a su discurso sobre la recuperación de la fe, de la creencia de la necesidad de salir adelante y de ahi que necesite recurrir a ciertas situaciones convencionales hasta la médula. Veamos unos ejemplos. Los médicos informan a Sarah de que su embarazo peligra y ella finge ante Ariel y Chrissy que el bebé ha dado una patada en la tripa. Johny se niega a colaborar en la mentira y Sarah le recrimina “su incapacidad de creer”. La fatalidad de la realidad, representada en Johny -y reforzada por la presencia de drogadictos en el edificio donde viven y que, faltaría más, da lugar a un episodio bastante tópico-, frente a la creación de ilusión para sobrellevar la vida, claramente ejemplificada en la relación de la familia con Mateo -alguien que adora a todo lo que esté vivo- y la asistencia al cine para ver E.T.: el extraterreste (E.T., Steven Spielberg, 1982). Finalmente triunfa lo segundo sobre lo primero: el nuevo bebé sale adelante, Johny se despide para siempre de Frankie y Chrissy ya no vuelve a ver por el visor de su cámara de video imágenes de su hermano, ya que “así no lo quiere recordar”. Por tanto podríamos decir que En América habla de la magia de estar vivo en una tierra de esperanza y desolación al mismo tiempo, un espacio pluricultural : racista, aglutinador y disgregador a la vez. De ahí que la puesta en escena quiera ser “mágica” y que, dada la ausencia de inspiración de Sheridan, se reduce a meros trucos de ilusionista. Pienso en las imágenes de cámara digital de Mateo balanceándose en un columpio -un gran ejemplo de cómo chantajear emocionalmente al espectador-; el empleo de la cámara lenta cuando Johny intenta conseguir en una feria un muñeco de E.T. para Ariel, el consabido montaje que relaciona a Mateo agonizante con la recuperación física del nuevo bebé (la muerte del primero por la vida del segundo), o el otro efectista montaje que relaciona a Jonhy y Sarah concibiendo a su nueva hija, a Mateo pintando en su casa -recalcando la importancia de este personaje en la vida de la pareja-, a las niñas viendo una tormenta desde una cafetería y a un relámpago sobrepasando el Empire State. El espejismo de magia y de naturalismo, muy presente al final de la película cuando una luna llena se superpone al rostro de Chrissy, no engaña a nadie, pues la singularidad de la propuesta no encuentra cauces dramáticos personales e intransferibles. El diálogo entre culturas y géneros cinematográficos -el realismo descarnado y la fantasía- no se articula en armonía. El cine estadounidense sigue incorporando extranjeros y los homogeneiza en su sistema de producción: sólo en su capacidad de insinuar y la singularidad de su mirada hacia su país de adopción impide en ocasiones el recurso a servilismos. Pero ese nunca ha sido el punto fuerte de Sheridan. Ya es hora de que se deje de entender sólo el cine de autor como sinónimo de escasez de medios y de temática de denuncia, pues caemos el riesgo de encumbrar a demasiados directores bien intencionados, pero que el paso de los años ha puesto de relieve su falta de consistencia narrativa. Jim Sheridan se abre brecha en el cine norteamericano y su honestidad sigue intacta, pero la pérdida de virulencia y consistencia dramática le resta interés a su filmografía encaminada al olvido como no lo remedie. En América sólo es el primer aviso de una masificación cultural que lleva desde tiempo implantándose. Esperemos no por muchos años más.

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