domingo, 25 de noviembre de 2007

¡Pero si sólo es otra bazofia americana!

¡PERO SÓLO ES OTRA BAZOFIA AMERICANA!
POR ALEJANDRO CABRANES RUBIO

En pleno rodaje de La mano que mece la cuna, Curtis Hanson recibió órdenes de filmar a la actriz Rebecca de Mornay pintándose los labios de rojo para resaltar lo mala que era. Con independencia de que Hanson se negó a cumplir estas exigencias –lo que no impidió que su filme dejase de ser un bodrio-, la mera sugerencia de producción ilustra con eficacia las limitaciones del sistema hollywoodiense, en el cual la cargante tendencia a adoctrinar al espectador con historias prefabricadas ha causado –y con razón- cierta indignación en Europa, ya se tratase de películas de temática sensible o de superproducciones.

La reproducción de estereotipos, el ultraderechismo subyacente, los sermones parroquiales del domingo, la consabida consagración a lo tópico y a lo obvio, han levantado las suspicacias de un público que suponemos inteligente. Desde los años ochenta, el Tío Sam nos ha castigado con no pocas imbecilidades que tenían como objeto manipular a la audiencia vía chantaje emocional y de las que La fuerza del cariño (Terms of Enderments, James Lee Brooks, 1983) y Rain Man (Barry Levinson, 1988) se erigieron en sus exponentes más conocidos.

Cuando esos intentos de soborno descarado se mezclaron con píldoras patrióticas a la americana, la fábrica de sueños perdió no pocos partidarios. La capacidad para crear historias interesantes, revolucionar el lenguaje cinematográfico, proponer un cine realmente alternativo degeneraron en películas precocinadas sin tipos reconocibles que habitasen en ellas. La práctica de la fotocopia se convirtió de la noche a la mañana en la tabla de salvación de las grandes productoras, cuyas únicas pretensiones artísticas era invitar al público a sumergirse en la nostalgia de tiempos pasados y en la recreación de tiempos pretéritos.

De ahí que cuando se estrena cualquier película americana de entrada es atacada –sobre todo si opta a los premios de la Academia-, con independencia de su real calidad. Cierto es que en una mayor parte de esas cintas no rebasan el nivel de la mediocridad, y en el mejor de los casos el de la corrección, pero entre medias se ha podido filtrar algún título interesante. Por estas razones el propósito de este artículo no consiste en vanagloriar las supuestas virtudes del sistema hollywoodiense, ni abogar a favor de la universalización de la imagen bajo el único patrón americano como pretenden los que inconscientemente reclaman la supresión de la diversidad de formas y enfoques, sino de abogar por la apertura de miras: el buen cine es áquel que sabe narrar en imágenes, perfilar personajes con contradicciones, con independencia de que su ideario no coincida con el nuestro. Porque no todo lo que procede de las majors versan sobre manos que mecen cunas. También hay lugar para Una historia de violencia, Mystic River, Minority Report, o El prestigio. Es decir cine con mayúsculas.

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