domingo, 25 de noviembre de 2007

Los Simpson

LOS SIMPSON: LA PELÍCULA
Veinte años no son nada
Por Alejandro Cabranes Rubio

Los Simpson han cumplido veinte años. Dos décadas en la que los personajes ideados por Matt Groening han revisado los aspectos de la vida cotidiana de Estados Unidos: el racismo, el puritanismo, el desprecio a la tercera edad, la estupidez policial; las deficiencias del sistema sanitario, el recuerdo de Vietnam y la II Guerra Mundial, el gangsterismo; los índices de alcoholismo, la explotación laboral, las deficiencias de la educación, el hastío de la vida conyugal… Quizás por esa mirada crítica Los Simpson se han convertido en el producto más aceptado por el público del género americana. También en el mayor éxito de su productor James Lee Brooks, cuyas películas dirigidas por él (sobre todo Mejor…imposible) nunca han sido santo de mi devoción, y muchos menos aquellas financiadas por él como la particularmente indigesta Jerry Maguire. En cambio admito manifestar una enorme simpatía hacia Homer Simpson, un estúpido cabeza de familia incapaz de valorar cómo se merece a su abnegada mujer Marge –que quizás mereció una vida mejor-, y de involucrarse realmente con sus hijos, el travieso Bart y la estudiosa Lisa. También por la solitaria Carapapel, la profesora enamorada del director Skiner, un hombre dominado por su ¿madre? Y por el asesino Bob. Incluso por el señor Burns, el jefe de Homer, un ser abyecto y enfermo inspirado en el Ciudadano Kane de Orson Welles.

Todos los personajes han tenido su propio capítulo para ser desarrollados. Por tales motivos compendiar toda la carga crítica y mala uva que tuvo la serie –sobre todo en su primera década- en sólo noventa minutos es una tarea de entrada arriesgada. Sobre todo porque el resultado lleva incorporado su propio público: Los Simpson: la película es una película para proselitistas y amantes de Springfield –la ciudad que nadie sabe ubicar en el mapa-; algo que repercute bastante en los resultados, sobre todo por una algo molesta tendencia a incluir guiños/ situaciones puesto/as allí para que los fans los/las reconozcan y se carcajeen de manera idiota (ver la película en unos multicines es aleccionador al respecto). Si a pesar de ese lastre considerable y que quizás la puesta en escena sea algo plana, vaya por delante que Los Simpson: la película supera a otros precedentes como South Park (su antecedente más directo) en parte porque los chistes fáciles se codean con gags brillantes, su planteamiento reviste una notable acidez, y a pesar de esas limitaciones escenográficas también hay méritos de realización dignos de considerarse.

Los Simpson: la película funciona realmente bien en algunos niveles: sus momentos de distensión además de restar rigidez a la trama permiten hacerla avanzar; las caricaturas trazadas sobre temas como la política medio-ambiental, la mediocridad de la vida urbana y los resortes del poder no pueden gozar más que nuestra aceptación. El argumento, más bien sencillo (Homer provoca una catástrofe ecológica solventada mediante una acción desmedida del gobierno estatal que aísla a Springfield en una cúpula), permite pincelar –sin cargar las tintas- la realidad de un país encerrado en sí mismo, agresivo y en el que los que más tienen aprovechan para sacar tajada a la primera de cambio. En un momento dado de la acción, Homer y su familia –que han logrado escapar del pueblo y de la ira de sus habitantes- piensan que a pesar de todo lograrán salir adelante gracias a lo que ha dado conocer como el sueño americano, en el que cada uno disfruta de miles de oportunidades: el brillante travelling que relaciona la habitación del motel donde se alojan con las vallas publicitarias del exterior y con una feria –donde más tarde Homer obtiene un vehículo- ilustra con evidente sarcasmo y desmitificación la triste realidad que se esconde tras ese sueño.

Ese mismo descreimiento se observa en muchas secuencias: el brillante plano general que muestra a los parroquianos de la iglesia buscar refugio en un bar cuya clientela se traslada a la vez a la casa del señor; el travelling que recorre las oficinas en la CIA donde los agentes escuchan todas las conversaciones ajenas que tienen lugar en el conjunto de casas del país; el otro travelling que relaciona a Marge con un espía que la observa en un vagón de tren; la hilarante secuencia en la que las vecinas de Springfield cierran su puerta a Lisa…

Gracias a ese sentido del detalle, Los Simpson logra aunar la parodia de varios géneros cinematográficos con un retrato de personajes más serio de lo esperado. El impagable instante en el que Bart manipula el retrato robot de su familia remite directamente a las convenciones del cine de suspense, pero a la vez está montado en función del temor a Marge a sucumbir a la ruina total y absoluta. Y lo mismo se puede decir del plano en picado que narra la huida de la familia de la cápsula, y que transmite el pánico que siente la familia a ser masacrada por sus vecinos. El melodrama hace su aparición en algunos movimientos de cámara como el travelling que se dirige hacia Homer suplicando por una enésima oportunidad; el encuadre en el que queda relacionado Homer atravesando el campo con su familia huyendo de él en un tren; o la vulneración del raccord en la secuencia que insinúa la capacidad del protagonista para distinguir la música de su hija a pesar de estar esta encerrada en una furgoneta policial. Pero vale la pena retener el vídeo que Marge graba sobre el vídeo de su boda para comunicarle su claudicación y que concluye precisamente con una de las pocas imágenes conservadas de la cinta original, en la que se ve a Marge y Homer bailando alegremente cuando eran jóvenes y empezaban una vida en común… Hay incluso elementos tomados del cine fantástico: el sueño onírico de Homer –resuelto con gracia-, la secuencia de amor del matrimonio en una cabaña en la que unos animales se confabulan para desvestirlos; y sobre todo el plano en el que una simple rama indica a Homer qué acción debe emprender para solucionar de una vez todos sus problemas…
Por todo ello, esa mirada sobre la vida americana no desmerece a la de la serie original, incluso permitiéndose puyas muy divertidas sobre la publicidad insertada en la franja inferior de las pantallas de televisión, o de la estupidez de los seriales que cierran de forma abierta sus capítulos… Han sido veinte años de experiencias ácidas, divertidas y este auto-homenaje quizás adolezca en algunos aspectos de un ligero narcisismo (y de un final bastante conformista; aunque ese ideal de la conformidad se ampara en la aceptación de la mediocridad), pero en líneas generales hay en ella inventiva. Quizás no sea el broche de oro que algunos esperábamos. A pesar de ello, hay en Los Simpson: la película una ferocidad que se echaba de menos en varias de sus últimas temporadas televisivas, demostrando que la animación es un asunto muy serio… Veinte años de amargas risas. Veinte años de Springield.

No hay comentarios: