domingo, 25 de noviembre de 2007

El enemigo de la clase

Críspulo Cabezas, Eloy Yebra, Bernabé Fernández,
Javier Ambrossi, Ayoud El Hilali, Diego Farjado

EL ENEMIGO DE LA CLASE
Sexo, jardinería, cocina, defensa personal
POR ALEJANDRO CABRANES RUBIO

Hace unos meses el actor Álex García (La cabra) y el firmante de estas líneas intercambiábamos nuestras impresiones sobre Maret-Sade, la adaptación del texto de Peter Weiss que había montado Andrés Lima. Álex confesaba que le había gustado porque entró en el teatro de una forma y salió de otra: “para mi el teatro es eso”. Aunque yo quizás lo hubiese expresado de otra manera –más bien pienso que el objetivo de una función es hacer pensar, ya se trate con recursos escénicos clásicos o modernos, textos amables o subversivos-, las palabras de Álex me asaltaron la mente mientras vi El enemigo de la clase, la adaptación de la obra de Nigel Williams a cargo de Marta Angelat (y no sólo porque la directora también había estado vinculada al justamente célebre éxito de José María Pou). En efecto, El enemigo de la clase propina un buen puñetazo en el estómago a una sociedad ensimismada, encerrada, y que favorece la marginación.

Presentando varios de los síntomas de un mal para elaborar a partir de ellos análisis sobre los mecanismos de exclusión y supervivencia, El enemigo de la clase propone una digresión sobre la escisión en el mundo contemporáneo; entre el alumnado y el profesorado; entre el inmigrante y el ciudadano nativo; el homosexual y el xenófobo; y por supuesto entre los propios estudiantes, incluso entre aquellos más conflictivos. Para ello encierra a seis de ellos, El Mazas (Bernabé Fernández), El sapo (Críspulo Cabezas), Bomba (Eloy Yebra), Conectinpipol (Javier Ambrossi), Falafel (Ayoug El Hilali), Chanas (Diego Farjado), quienes –mientras esperan que algún docente tenga el valor de ocuparse de ellos- impartirán sus propias clases. Dos ideas asimétricas de puesta en escena que tienen lugar en sucesivas lecciones sintetizan su comunión de intereses y sus profundas diferencias: si en una de las conferencias permanecen todos sentados en el suelo –hermanados durante un instante-, en otra la disposición escénica de Sapo en el otro extremo del escenario ajeno a lo que ocurre rompe ese ideal de fraternidad antes apuntado. Porque están todos solos ante el mundo, y de ahí que ocupen todos o bien el centro del escenario, o bien un extremo donde hay un escenario, para poder defenderse, tratando de ocupar su lugar en el mundo. A veces se fragmentan en bloques, para evidenciar su conflicto. Otras permanecen a oscuras, acorde a la “falta de luz” que recorre sus vidas. Pero siempre se definen por sus gestos. Conectinpipol permanece buena parte de la pieza tumbado encima de las taquillas, como si quisiese estar en un lugar más alto –más lejano del asfalto urbano al que teme-, en su propio refugio. Bomba prefiere estar sentado, sin meterse con nadie. Mazas por el contrario siempre está al lado de su adversario, ya sean sus propios compañeros a los que degrada en sus clases o un profesor; mostrando su profundo desafío hacia ellos para así canalizar su rabia.

Quizás haya quien pueda reprochar que determinados aspectos como la homosexualidad de Conectinpipol además de estar más sugerida que tratada explícitamente no tenga un desarrollo ulterior; o que el original se valga de unos personajes ante todo simbólicos: el neonazi que abraza el fascismo como mecanismo de defensa para superar sus miedos, el gay que intenta presumir de conquistas femeninas sin demasiado éxito, el marroquí que al ver una planta en su habitación al menos se olvida del viciado sistema, el profesor que ya renuncia ante la barbarie, el latinoamericano que se venga de quienes lo insulta quemando los objetos materiales de la sociedad que lo ha desacogido. Más estas apreciaciones resultan más que injustas en la medida de que –y ahí radica el merito de la directora y de su ajustadísimo reparto- logran impartir lecciones que emanan cierta veracidad precisamente porque saben trascender los elementos más simplificadores que podían haber limitado el alcance de su propuesta. Mazas no es más que un cobarde pese a su fachada. Bomba, de talante conciliador, puede ser tan agresivo como el que más; y Sapo tan débil como Conectinpipol (de hecho ambos terminan su cara a cara con Mazas llorando). Dicho en otras palabras, El enemigo de la clase no es tanto un lamento generacional sobre una sociedad violenta que tira hacia delante mediante la agresión y el abandono, como una disquisición sobre la relatividad de la educación. El antiguo profesor de la complutense Pedro Pérez Herrero (especializado en la realidad latinoamericana) siempre planteaba a quienes tuvimos la suerte de escucharle dos preguntas claves: ¿educación para qué y para quién?: ¿para qué sirve conocer El contrato social cuando uno lucha contra las serpientes en la selva amazónica? Cualquiera que se haya licenciado y hecho el CAP –como es mi caso- sabe de sobra que la educación puede servir –aparte para fomentar el libre pensamiento del individuo (y su desarrollo personal)- para excluirlo o incorporarlo al sistema. Antidemocrática por su definición –tanto a nivel procidemental como meramente temático-, y deficiente –a pesar de la buena labor de teóricos y profesores talentosos-; el sistema educativo ha fracasado cuando ha querido luchar contra sus características que he señalado, sobre todo al propiciar la disminución del pensamiento abstracto cuando se trataba de impulsar lo contrario. El enemigo de la clase no achaca el origen del mal a nadie en concreto, pues todos los personajes son víctimas y al mismo tiempo responsables de su propia idiosincrasia vital: tan comprensible resulta que un profesor se harte del salvajismo como condenable que tire la toalla; tan inaceptables son las condiciones de vida de los alumnos como notorio su falta de voluntarismo. Más bien, la función apunta a una culpabilidad colectiva, sin olvidar que esa responsabilidad compartida responde a un mal común que padecen todos ellos. Si no fuera por lo terrible de la situación, tendría hasta gracia el hecho de que el anterior montaje en el que participó uno de los actores, Críspulo Cabezas, fuese La buena persona de Sezuan; donde los dioses no sólo han abandonado a los seres humanos, sino que demuestran su conformidad cuando estos dejan de hacer el bien para poner en funcionamiento del sistema con un autoritarismo –el fin justifica los medios-, y cuando se manifiesta la imposibilidad de conciliar una conducta salubre con el pragmatismo cotidiano.
Con esa carga abiertamente nihilista, aunque se relativice por la posibilidad lejana de esperanza –relacionada con la llegada de otro profesor, simbólicamente en off visual-, El enemigo de la clase demuestra que el teatro está vivo y sabe cómo reforzar sus propósitos al escoger determinados intérpretes. Sapo debe tanto a la presencia física de Críspulo Cabezas como a la trayectoria previa del actor, íntimamente relacionado con personajes marginales (del Rai de Barrio al Braulio de Amar en tiempos revueltos, pasando por el gorrón de Sezuan), caracterizados muchos de ellos por un desenlace trágico. Es fácil reconocer a un adolescente como Bomba tanto por la fuerza que imprime Eloy Yebra a determinadas escenas –como en la que cocina para los demás personajes- como por el recuerdo dejado por Barrio. Javier Ambrossi sabe expresar esa inocencia e inseguridad característica de Conectinpipol, pero su trabajo es aún más efectivo cuando uno lo relaciona con su papel en El triunfo. Cierto que Bernabé Fernández sabe conferir a Mazas de rabia y vulnerabilidad, pero también no deja de ser cierto que el actor subvierte la imagen de él que le proporcionó Al salir de clase, donde encarnó a un joven homosexual cuyo mayor atributo era su fragilidad emocional. Sus compañeros de reparto también se amoldan sin problemas a El enemigo de la clase, una lección de teatro social, y que –como diría Álex García- provoca cierta convulsión al espectador al salir.

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