domingo, 25 de noviembre de 2007

Historia de un fracaso

HISTORIA DE UN FRACASO
Por Alejandro Cabranes Rubio

Una mañana de los últimos días de invierno de 2007. El escenario, la entrada a los jardines de Cecilio Rodríguez. Los protagonistas, dos niños, uno de piel morena, otro regordete. Juegan en uno de los leones de marfil. El “oscuro” asume el papel de inmigrante. El otro, el de madrileño. El primero procura sentarse en el león, pero el segundo lo echa. “Negro de mierda, vete a tu país” le espeta. Advierten ante los asistentes, que están jugando… Siglos de educación y se siguen jugando a indios y vaqueros, pero esta vez con los “indios” contentos por asumir su papel marginal…

Tal vez sea un caso aislado, pero no lo crei. El neocolonialismo ha criado bien a sus cachorros. Los ha privado de la capacidad ya no para pensar de manera abstracta, sino sobre todo su poder para ponerse en la piel ajena, respetarla e intercambiar impresiones. La denigración de los seres humanos desde la infancia sigue su curso habitual. Los hijos y nietos de la generación que conoció la llegada a la democracia asumían sus roles de hombres de futuro: el dominador y el dominante. Y así lo asumían sin complejo alguno. Sólo se trataba de un juego donde ya no había nada que compartir. Más preparados para el futuro. El camino mucho mejor trazado desde el principio, sin tapujos ni disimulos. Ya se habían convertido en los dignos protagonistas de películas como Viento en las velas, donde el director Alexander McKendrick cuestiona la pureza de la infancia como muy pocas veces se ha visto en el cine. Nace la insolidaridad por la carencia de imaginación, por la incapacidad de crear alternativas. Y las miserias del mundo de Pierre Bourdieu acampaban a las puertas del siglo veintiuno.

Acaso ellos responsables de su comportamiento, no son más que producto de una serie de valores que han aprendido de sus mayores. Son fruto de la clase de educación que hemos impartido. No hemos sabido enseñarles y los hemos abandonado frente al televisor, sin ocuparnos de que las lecturas de la escuela la sientan como fuentes de inspiración que ayudasen a tomar una postura vital. Y es nuestro fracaso. Escribimos obras de teatro, críticas. Rodamos películas. Grabamos series. Redactamos novelas. Pintamos cuadros. Componemos música. Y hemos perdido nuestro propio público. No sabemos a quién dirigirnos cuando nos expresamos. Y de esa manera sólo hemos escuchado nuestra propia voz, sin preocuparnos por la de nuestros pequeños, a quienes legamos la desigualdad, el expolio, la vileza… Hemos introducido en su alma el desprecio a la política (al lamentable incidente en el senado me remito), su escepticismo ante la humanidad. Hemos construida un futuro sin imagen. Y un presente desenfocado donde cuando más nos empeñamos en mostrarnos políticamente correcto más injusticias y horrores no sólo ignoramos, sino que estimulamos con nuestro silencio. ¿Qué más daba, si ellos ya tenían un referente, el de la sociedad del éxito donde el pellejo propio siempre es lo primero? Ellos seguían jugando y nosotros restando el valor emocional a nuestros trabajos. A nuestra vida.

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