jueves, 24 de enero de 2008

Blanca Portillo

ENTREVISTA: BLANCA PORTILLO
Por Alejandro Cabranes Rubio.


Miércoles 13 de diciembre de 2006. Son las 18:30. Blanca Portillo recibe en la puerta trasera del Teatro Español, donde ha estrenado en calidad de actriz Afterplay, un texto de Brian Friel que especula sobre un hipotético encuentro entre dos personajes de Chéjov: Sonya de Tio Vanya y Andrei de Tres hermanas. Se dirige hacia la sala. El escenario está plenamente oscuro. Ella ofrece una silla más cómoda que el sillón de madera de un camerino decorado, entre otras cosas, con fotografías que recuerdan el rodaje de Los fantasmas de Goya… Todo está listo para empezar y nos embarcamos en una charla sobre las características de la obra y otros asuntos… Empieza hablando de Brian Friel…

Blanca Portillo: Vi una película suya que se llama El baile de agosto… Me pareció un autor maravilloso.

Le llegó el proyecto y aceptó.

B.P.: Me ofrecieron dirigirla. Yo dije: no quiero dirigirla. Lo quiero hacer.

Una de las particularidades de la obra es que Sonya ha pasado de ser rechazada, resignada y de decir “algún día descansaremos” a ser ella la que rechace.

B.P.: Hay una cosa terrible en Sonya. Gana en amargura. Lo que ella entiende que algún día descansará no se cumple. Ese descanso no llega. Llega un vacío cada vez más grande: su tío desaparece. Va ganando en amargura. Cuando comienza Afterplay ha perdido todas aquellas cosas que soñaba. Sigue enganchada a un hombre que no la va a amar como necesita más allá de unos encuentros muy poco placenteros y satisfactorios. A través de los ojos de Andrei aprende a aceptar que eso es así y mejor eso que nada. En vez de preocuparse de lo que no tiene debería valorar lo que sí tiene. Rechaza a Andrei de una manera porque el amor que siente por Astrov es irreparable. Eso la va a acompañar hasta el fin de sus días.

Otra de las particularidades de Afterplay es que cada acto desmiente al anterior. La apariencia, lo real, se dan la mano constantemente en la obra…

B.P.: Eso es otro juego precioso de Friel que tiene ver con una obsesión suya por lo visto: la búsqueda de la identidad. Es como si los personajes se hubiesen inventado así mismos y a lo largo del desarrollo de la función se despojan de esas mentiras para quedarse en lo que realmente son. Entonces son más hermosos, más bellos. Es un mal que todos padecemos muchas veces: quedar dar una imagen de uno mismo que no responde con la realidad. Y cuando somos más reales podemos enamorar más y la gente se interesa más por nosotros, y somos mejores personas.

Dejamos de ser El arrogante español… (Blanca Portillo se ríe). También hay evocación de una época feliz a otra más amarga como en todas las obras de Chéjov. Empieza con un momento idílico se va desvaneciendo. Yo creo que se puede interpretar casi como una metáfora involuntaria de lo que sucede. La era Clinton fue una era apacible en apariencia en las relaciones internacionales aunque la actualidad lo ha desmentido. Había algo en el interior del sistema que ha explotado en el 11S y la guerra de Irak. ¿Hasta qué punto se pueden hacer lecturas de ese estilo?

B.P.: No sé muy bien si se puede. Nos preguntamos porqué Brian Freil había obviado el hecho de la revolución de 1917. Chéjov en Tio Vania sabe que algo se va acercando (se refiere a la revolución de 1905). No creo que no es tanto una cuestión social como una cuestión humanística. Son personajes, no son seres humanos. Recrea unos personajes que ya estaban inventados. Para ellos la vida no ha transcurrido desde que Chéjov puso el punto final se quedaron anclados en el tiempo. El tema social está más soslayado. Hay algo que está presente: hay una sociedad que impide a Sonya tomar su tierra. De todas formas las metáforas sobre los momentos sociales se cuentan a través de las personas. Lo que ellos crean esa noche es un momento muy feliz que acaba mal y finalmente repunta. El sigue escribiendo y ella vuelve al lugar donde parte después de una noche de batalla campal.

Tenemos más al individuo más frente al tiempo que frente a la historia… Si me permites voy a rescatar una frase de un historiador famoso por su libro sobre la revolución rusa, E. H. Carr. El definió la historia como diálogo entre sociedades, entre el ayer y hoy. De alguna manera la obra se ajusta a ello.

B.P.: En ese sentido sí. Se ajusta absolutamente. Es la mejor manera de hablar sobre la historia a través de las personas.

Afterplay recrea una noche en la que se apaga la luz, se oye un solitario violín y encima se enjaula a los personajes…

B.P.: Eso es otra bonita metáfora por parte del director. Ellos están metidos en un mundo irreal, aislados de la verdad, del espectador. En ningún momento quisimos recrear un café con pelos y señales. Están en una especie de nada. De hecho ellos no recuerdan muy bien la noche anterior. Se habla de una estación.

La construcción de un espacio vital…

B.P.: Incluso del individuo creando su espacio vital en una nada. La gasa separa a los personajes de la vida real, pero es un juego escénico muy hermoso y le da una patina. Lo convierte en un sitio irreal.

¿Teme que algunos espectadores encuentren la obra explicativa porque conocen a Chéjov?

B.P.: No en absoluto. Quien conoce la obra de Chéjov disfruta de un plus. Es sorprendente porque cuando Tio Vanya acaba, nadie puede imaginar que Astrov acabe con Yelena… La gente que conoce la función alucina. Alexandre muerto. En el caso de las Tres hermanas se descubre que una de ellas se ha suicidado. Para quien conoce la obra de Chéjov no es nada explicativo sino todo lo contrario: un montón de sorpresas.

De hecho Afterplay significa además de “después de la obra”, “después del juego”.

B.P.: Hay algo muy inteligente para quien conoce la obra de Chéjov como Friel (traductor oficial): imaginarse como va el desarrollo de la vida de esos personajes… Lo que ocurre es muy lógico, coherente.

Dejemos la obra. Tengo una pregunta en relación a la obra que dirigiste la pasada primavera Siglo XXI que estás en los cielos… Y en concreto sobre una polémica que se desató (me refiero a la acusación no demostrada de plagio de la obra de otro autor).

B.P.: No voy a hablar de ese asunto por una sencilla razón: por no dar publicidad a quien no la merece. Yo sé lo que hice. Cada uno debe ser responsable de nuestros actos. Yo soy absolutamente responsable de todo lo que aparecía en escena. Me siento profundamente orgullosa.

Hablemos de otro caso triste. El Caso Albéniz.

B.P.: Siempre que se cierra un teatro es un dolor. Ahora me he enterado de lo que ocurre con los cines de la Gran Vía. Van a cerrar un montón de salas. Yo confío en que las que sigan abiertas sigan manteniéndose y sobre todo que el Albéniz no se cierre. Sobre todo porque un sitio donde hemos visto un teatro maravilloso. Es un teatro de la comunidad. ¿De qué estamos hablando? No puede ser que lo cierren porqué sí para poner un centro comercial.

¿Puede adelantarnos algo de Siete mesas de billar francés?

B.P: Creo que va a ser una película muy especial. Gracia Querejeta es una directora muy especial. Escribe sus guiones y los escribe de una manera muy particular. Hay una cosa muy bonita en esa película: es tan real. Sin embargo ella no persigue la realidad en sus películas, persigue una lectura de la realidad. Tiene un sentido poético maravilloso. Todos los personajes tienen un poso hacia abajo que no se ve que va saliendo poco a poco. Son como iceberg: tu les ves la punta nada más… A lo largo de la película va descubriendo lo que hay debajo. En el caso de mi personaje es una mujer aparentemente durísima y con una mala leche tremenda. Y vas descubriendo que está profundamente sola, llena de miedo. Con necesidad de amor, de ternura… Tiene un final feliz. Pero la lectura final no es: “la vida es preciosa”, alégrate. La vida es muy dura. Esto es muy complicado. Pero por lo menos vive y mira a quien tienes a tu alrededor y seguramente sea más fácil caminar.

Interpreta a la hija biológica de Amparo Baró…

B.P.: Lo hablamos mucho porque en 7 vidas teníamos una relación maternal…

¿Puede evocar la noche del capítulo 200?

B.P.: Yo lo pasé fatal de los nervios. Cuando hacemos la serie no piensas en los millones de telespectadores. Piensas en los doscientos que lo están viendo en directo. Si yo ahora me equivoco, hay millones de personas viendo un error… Muchísima emoción por reencontrarte con los compañeros.

¿Qué tal fue el encuentro con los nuevos actores: Leandro Rivera, María Pujalte…?

B.P.: Estuvimos muy poquito porque eran escenas pequeñas. La trama la llevaban los personajes de la serie y nosotros hacíamos el tachán final. A mi me encantó estar allí. No se pudo estar desafortunadamente con todos (Se refiere a Pau Durà y Guillermo Toledo).

Entre los compañeros de 7 vidas estaba Toni Cantó…

B.P:: Toni es un actor espléndido. En la lectura del Tenorio demuestra que los actores son como los buenos vinos: con los años van agarrando peso. Toni vive la vida de una manera muy particular. Es un hombre con una mirada sobre el mundo y eso se queda en su trabajo.

Concha Barral, jefa de prensa del Teatro Español, presencia el final de la entrevista. La actriz defiende una obra que en primera instancia demuestra hasta que punto el teatro puede especular sobre sí mismo. Y proponiendo reflexiones sobre el paso del tiempo, sin perder la fidelidad emocional al original. Todo ello poniendo al frente del reparto a una ganadora del premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes, y a Helio Pedregal, vencedor del premio de la Unión de Actores. Ambos compaginan los medios televisivos y se pueden considerar afortunados en sus respectivas carreras al merecer el reconocimiento. Y al revés que Sonya y Andrei el paso del tiempo no ha significado una regresión del tipo moral, sino la llegada a una madurez escénica.

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